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Mitos y verdades del barigüí: dónde está la mosca negra y cómo se puede prevenir

Hace unos días empezó a rebotar en los medios y redes sociales la noticia de una “alerta” por un problema epidemiológico “inesperado”, pero sin un sustento estadístico: la proliferación de un tipo de insecto minúsculo que en lugar de picar, muerde. El llamado barigüí o mbarigüí (en guaraní), un tipo de jején que de inusual tiene poco, pero que pica de un modo extremadamente molesto. ¿Hay realmente un alza de esta población de insectos en el país? Y si es así, ¿en dónde ocurre y hasta qué punto hay que preocuparse? ¿Se puede prevenir?

Un problema con la información difundida en estos días fue cierta imprecisión en cuanto a la fuente que supuestamente difundió la “alerta”. Hasta donde pudo chequear este medio, no hay ni hubo una fuente autorizada que haya hablado en esos términos; tampoco un organismo o centro de salud que reportara más picaduras en personas o más bichos en el ambiente que lo usual. Mucho menos, un referente idóneo que haya certificado la presencia de ejemplares de barigüí en la ciudad de Buenos Aires, como también se dijo en algunas notas periodísticas.

Hubo, sí, reels en redes sociales, protagonizados por residentes de zonas aledañas a la cuenca del río Salado (por ejemplo, San Isidro, Bragado o Junín), que con bastante pesar reportaron picaduras de la famosa mosca negra o barigüí. Además, hubo notas periodísticas de medios provinciales o municipales que consignaron (en tono de “otra vez llegó el barigüí”) la presencia de este irritante insecto con el que suelen lidiar cada vez que hay crecidas de los cursos de agua o llueve más.

Pero lo concreto es que una gacetilla replicada muchas veces por grandes medios con alcance nacional dio lugar a títulos con palabras como “invasión”, “ataque” o “alerta”.

El texto además reportaba casos en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), territorio que no sólo contempla 40 municipios del conurbano sino también a la ciudad de Buenos Aires. Ahora bien, ¿hay barigüí en CABA?

“Si algo estuvo circulando en la ciudad de Buenos Aires, es muy difícil o más bien imposible que sea barigüí. En todo caso es otro tipo de jején, muy parecido, pero no ese”, explicó Juan José García, doctor en Ciencias Naturales por la UNLP, investigador científico jubilado tanto de la Comisión de Investigaciones Científicas de la provincia de Buenos Aires (CICPBA) como del Centro de Estudios Parasitología y de Vectores (CEPAVE- UNLP-Conicet).

El barigüí es un tipo de jején.

“Denominamos jejenes a dos familias de dípteros distintas”, introdujo García. “Díptero” alude a los insectos con dos alas y no cuatro (como la mayoría de los insectos). “Por un lado están los jejenes ceratopogónidos, que viven en aguas estancadas o en recipientes con agua sin movilidad. Por otro, los jejenes que anidan en plantas o rocas que tocan aguas con mucha movilidad, sean ríos, canales o arroyos. Estos últimos se llaman técnicamente simulidos”, agregó.

El simulido es el jején comúnmente llamado barigüí, o mosca negra; en Mendoza, “paquita” y en Brasil, “borrachudo”. Lo de la movilidad del agua es un punto clave. Explica el surgimiento -no inesperado pero sí repentino- de estos insectos en algunas partes de la provincia de Buenos Aires, “particularmente, la cuenca del río Salado”, aclaró el investigador, justamente cuando hay crecidas, ya que “este tipo de jejenes tiene elevada demanda de oxígeno disuelto, y los nutrientes que el agua tiene en suspensión le sirven de alimento en el estadio larval”.

Es evidente que en los barrios porteños no están dadas las condiciones para que aparezcan estas “moscas negras”, que por cierto son chiquitísimas, de no más de dos o tres milímetros, y poseen una mandíbula parecida a la de una pinza, y no la típica “aguja” del mosquito. Esa pinza provoca la sensación de mordedura.

Todo lo anterior choca con algunos testimonios que Clarín recolectó informalmente, de porteños que viven en Capital y aseguran haber experimentado algo similar: una picadura fuera de lo normal. ¿Son jejenes ceratopogónidos o hay otra cosa?

El Ministerio de Salud porteño no tenía, al cierre de esta nota, registros de consultas por este tema en las guardias sanitarias. Tampoco el Ministerio de Salud de la Nación contaba con información.

La mosca negra, un efecto de las inundaciones

Distinta es la situación en algunas localidades bonaerenses. Por ejemplo Junín, ciudad 266 kilómetros al oeste de la ciudad de Buenos Aires, ubicada a orillas del río Salado, un reservorio típico del famoso barigüí.

Fuentes de la Municipalidad de Junín confirmaron a este medio que “sí, hay más bariguí en este momento”, pero consideraron que dentro de los parámetros normales.

Así lo había explicado el 30 de diciembre la experta en el tema Cecilia Laffaye, titular del área de Medio Ambiente. Fue en una entrevista con el Canal 10 de esa localidad, en donde Laffaye detalló que, luego de la sequía del verano pasado y con el advenimiento de las lluvias recientes y la crecida del río, los huevos, que pueden permanecer mucho tiempo en modo “pasivo”, adheridos a la vegetación o rocas de la costa, logran oxigenarse en cuanto toman contacto con el agua. Y, así, el bicho reaparece.

El fenómeno del barigüí en el río Salado ocurre hace unas dos décadas, “cuando el río fue invadido por una especie de simulido que vivía en el norte de Argentina”, contó Díaz. Es el llamado Simulium chaquense, uno de los 70 tipos de jenes de esa familia que hay en Argentina. Su aparición “fue producto de distintas inundaciones, que lo hicieron llegar al río Salado, donde la especie se terminó haciendo dominante. Esto abarca desde que el río ingresa al noroeste de Buenos Aires hasta que desemboca en la Bahía de Samborombón, un área enorme en cuyas costas viven casi 2,5 millones de personas, incluyendo muchas áreas turísticas, como Bragado o Chascomús”, remarcó Díaz.

Consejos contra la mordedura del barigüí

Además de “dominante”, la mosca negra es “muy antropofílica”, sumó, ya que prefiere particularmente a los humanos. Aunque el investigador cree que las noticias de estos días exageraron el tema sin un sustento muy claro, reconoció que esta especie “es un problema” (aunque no nuevo).

Como las hembras son hematófagas, lo que significa que precisan tomar sangre tras la cópula para el desarrollo de los huevos y la “mordedura” es particularmente molesta, “en las localidades turísticas la gente huye cada vez que aparecen porque es imposible estar”.

En algunas zonas (es el caso de Junín), se hace un control biológico persistente como forma de prevención: “Se usa un producto biológico que se obtiene del cultivo de un tipo de bacteria del suelo (Bacillus thuringiensis) que produce un esporo, una forma de resistencia que genera unos cristales con proteínas que las larvas de jejenes intentan ingerir, pero mueren a las 24 horas”. Sin embargo, no hay un modo efectivo de combatir los huevos o a los insectos ya adultos.

Cuando las medidas no son tomadas a tiempo, se “afecta la actividad turística, pero también la ganadería porque, aunque no está cuantificado, se sabe que los animales pierden capacidad de generar carne y de producir leche. Esto sin contar, la molestia que los jejenes ocasionan a los pobladores de la región”. No es lo más usual, pero existen casos de hospitalización por reacciones alérgicas.

¿Otra mala noticia? El repelente no ayuda casi nada, aclaró el investigador. “En Argentina esto no está estudiado y la gente de todos modos intenta con los de mosquitos, tanto los que tienen DEET como los elaborados a base de IR3535”. Sin embargo, cerró, “un registro de investigadores de Estados Unidos que usaron el DEET al 99% de pureza mostró que la repelencia contra estos jejes fue cortísima. A un mosquito, esa concentración lo repelería 12 horas. A un jején, solamente dos”.

AS

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