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Goles secuestrados: Chiqui Tapia se enojó, se llevó la pelota y se terminó el partido

A más de 16 años de que Cristina Kirchner lanzara lo de los “goles secuestrados” por la televisación del fútbol que estaba en manos del Grupo Clarín, el que ahora le rinde homenaje a esa metáfora es el mandamás de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia. La novedad de estos días es que, enojado por el avance de la Justicia sobre su persona, tomó la drástica decisión de suspender el torneo. Hasta que no haya inmunidad para él, no más fútbol.

Es inevitable la comparación con aquel chico que en el recreo del colegio presta la pelota para que todos jueguen, pero que, cuando algo lo enoja, la embolsa y da por terminado el partido. La pelota, después de todo, es suya, así como el fútbol argentino le pertenece al “Chiqui”, amigo, para más datos, de un tal Lionel Messi.

Ese estatus, y la Copa del Mundo conseguida en Qatar, hacen que se sienta por encima del resto de los mortales, casi como un poder más de la institucionalidad argentina: están el Ejecutivo, el Legislativo, el Judicial, y también la AFA del “Chiqui”, quien hace no tanto tiempo, antes de los escándalos de corrupción, los entramados financieros a la luz del día y las imponentes propiedades que se le atribuyeron a él y su entorno, era el que mejor medía en las encuestas de imagen. Si incluso en esos tiempos la política, en vez de repelerlo, lo tentaba para que participara de ella y se postulara para algún cargo. Tapia era el campeón, o el amigo del campeón -Leo-, era el que había traído la Copa de vuelta a casa después de 36 largos años, el que había llegado a su sillón como prestanombre político de otro peso pesado, su ex suegro Hugo Moyano, pero aun así había logrado autonomía y poder propio en un abrir y cerra de ojos. Era, en síntesis, un intocable.

Lo irónico del caso es que, al mejor estilo Al Capone -el gángster norteamericano al que no le pudieron probar que era un mafioso, pero terminaron deteniéndolo por evasor-, el derrumbe de Tapia empezó por un detalle menor, un capricho suyo: fue aquel día en que, ebrio de omnipotencia, decidió que podía decretar desde un escritorio que el Rosario Central de su otro amigo, “Fideo” Di María, debía ser campeón porque a él le parecía que lo tenía merecido. Fue el principio del fin, el momento en que todos vieron que el rey estaba desnudo, el día en que empezaron a entrar todas las demás balas. Y fue un capricho, no más que eso.

La última decisión que tomó ahora, la del chico enojado que agarra la pelota y dice que el partido se terminó, solo es otra pésima idea. Huele a desesperación. Y ya se sabe que la desesperación lleva a los peores lugares.

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