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El liberalismo es innegociable

Liberalismo lo definimos como la doctrina política, económica y filosófica que defiende la libertad individual, preconiza el Estado limitado restringiendo su intervención, pero jamás eliminándolo, en la vida social, y promoviendo en consecuencia la iniciativa privada como medio para el crecimiento económico y el bienestar general. Asimismo es un firme y apasionado defensor de las libertades individuales, oponiéndose desde sus inicios al absolutismo y al despotismo ilustrado, regímenes vigentes principalmente durante la lúgubre Edad Media. Constituye, en síntesis, la corriente de pensamiento cuyas columnas básicas fundamentales son la democracia, el Estado de Derecho y la economía de mercado.

La singular estructura de esta doctrina la encontramos en la Ilustración. Recordemos que se trató de ese movimiento intelectual europeo que se extendió entre los siglos XVII y XVIII, cien años a los que también se los refiere como el Siglo de las Luces, conocido como una época de excepcionales y brillantes avances científicos, filosóficos, políticos, económicos y artísticos de la Edad Moderna. Es decir, lo consideramos como el período que comenzó tras la finalización de la Guerra de los Treinta Años en 1648 (Paz de Westfalia) y terminó con el comienzo de la Revolución Francesa, en 1789. Además, la Ilustración fue conocida primordialmente como un movimiento que defendió la razón como un medio para obtener una verdad objetiva sobre toda la realidad.

La argumentación fundamental es que la razón podía liberar a la humanidad de la superstición y del autoritarismo religioso que habían llevado al sufrimiento y la muerte de millones de personas. Los pensadores de la Ilustración sostenían que el conocimiento humano podía combatir la tiranía para construir un mundo mejor, y tuvo en consecuencia una gran influencia en aspectos científicos, económicos, políticos y sociales de la época.

En la segunda mitad del siglo XVIII, pese a que más del 70% de los europeos eran analfabetos, la intelectualidad y los grupos sociales más relevantes descubrieron el papel que podría desempeñar la razón, íntimamente unida a las leyes sencillas y naturales, en la transformación y mejora de todos los aspectos de la vida humana. Para entender correctamente el fenómeno de la Ilustración es necesario ir a sus fuentes de inspiración fundamentales: la filosofía de Descartes –basada en la duda metódica para admitir solo las verdades claras y evidentes– y la revolución científica de Isaac Newton, apoyada en unas sencillas leyes generales de tipo físico.

Durante los siglos XVI y XVII Europa se encontró inmersa en una guerra de religiones, uno de los conflictos más destructivos de la historia de la humanidad. Esta etapa trajo consigo una gran cantidad de pérdidas de vidas humanas, violencia inusitada, hambre y plaga. Fue fundamentalmente una guerra entre protestantes y católicos dentro del fragmentado Sacro Imperio Romano e involucró a una gran cantidad de potencias europeas. En 1648, finalmente se logró estabilizar la política con un acuerdo entre ambas religiones y, tras los crueles eventos europeos, se decidió que era el momento adecuado para implementar una filosofía basada en el conocimiento y la estabilidad, conocida como la Era de la Razón.

Con la finalización de las guerras religiosas, el pensamiento europeo se mantuvo en cambios filosóficos constantes. Sus raíces se remontan a Inglaterra, donde la mayor influencia la trajo Isaac Newton (1680). En un lapso de tres años publicó sus principales obras, al igual que el filósofo John Locke en su ensayo sobre el entendimiento humano (1686). Esos trabajos proporcionaron la información científica, matemática y filosófica para los primeros avances de la Ilustración. Los argumentos de Locke sobre el conocimiento, por un lado, y los cálculos de Newton, por el otro, proporcionaron poderosas metáforas que despertaron un interés masivo en el mundo del conocimiento por medio de la razón y el libre pensamiento, dos conceptos nuevos en sociedades regidas por el autoritarismo político y religioso.

En el siglo XVIII se desarrolló la primera Enciclopedia como respuesta a la demanda de más conocimientos no solo filosóficos, sino en las innovaciones científicas y los hallazgos artísticos. La redacción de la obra fue llevada a cabo por pensadores destacados, como Montesquieu y Voltaire, principalmente; fue este el inicio formal de la Ilustración como un nuevo movimiento. Los líderes intelectuales del enciclopedismo tuvieron la intención de guiar a las sociedades hacia el progreso intelectual para sacarlas de las creencias en supersticiones, irracionalidad y perversas tradiciones que imperaban en la Edad Media, período de oscurantismo y violaciones sistemáticos de los derechos humanos, como pocas veces se ha visto en la historia universal.

El movimiento trajo consigo el inicio de la Revolución Americana, luego, de la Francesa, cuyo resultado fue el nacimiento del capitalismo y un cambio en el arte, del barroco al neoclásico: prevalecen la razón y la experiencia sobre la emoción. Para la Ilustración, todo conocimiento humano parte de ese concepto. El primero que definió tales términos fue el francés René Descartes durante los siglos XVII y XVIII; más tarde, Immanuel Kant acentuó la afirmación de la razón como obtención del conocimiento; las sociedades debían ser educadas, en lugar de ser entretenidas.

Voltaire nació en París en 1694 y su espíritu crítico característico de la ideología ilustrada encontró su expresión máxima en su pensamiento contrario a todos los dogmas, de cualquier naturaleza que ellos fuesen. A su vez, Montesquieu escribió El espíritu de las leyes, una de las obras cumbre en la teoría política. Su concepto de Estado se centra en una reorganización del derecho político y civil: el político, para regular las relaciones entre las comunidades, y el civil, los derechos individuales del ciudadano; pero siempre debe existir un Estado: pequeño, pero internamente sólido.

Por otro lado, definió tres formas de gobierno: repúblicas, monarquías y despotismo. Montesquieu sin dudas prefirió las repúblicas, donde los tres poderes gubernamentales (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) debían separarse y controlarse entre ellos; es el eslabón primario y fundamental en los sistemas democráticos actualmente vigentes en el mundo. Asimismo, y como consecuencia de la Ilustración, se llegó inexorablemente a la separación gobierno-Iglesia, lo que dio comienzo al laicismo como punto de partida de la secularización emergente, notable logro difícil de imaginar en esos días de cambios de paradigma universal.

Para la Ilustración, el rol de todo gobierno es lograr el bienestar general de todos sus ciudadanos; nuestra Constitución nacional y, por ejemplo, la de Estados Unidos acogerán este propósito como uno de los objetivos fundamentales; estos principios de liberta, iniciados en Gran Bretaña con las ideas de John Locke, Adam Smith, Jeremías Bentham y John Stuart Mill, expanden las conquistas sociales, lo que da fin definitivamente al Antiguo Régimen.

Muchas cosas cambiaron positivamente en las sociedades, ya que ellas adscribieron muy pronto a sus principios e ideales y, poco a poco, sus concepciones sobre nuestro mundo se fueron abriendo camino en todos los niveles sociales. Hubo confrontaciones, por supuesto, sobre todo con los poderes instituidos históricamente, pero su impulso fue irresistible con el tiempo.

La democracia, palabra lamentablemente tan poco escuchada en estos días, se consolidó finalmente a partir del extraordinario legado de la Ilustración, sin dudas, uno de los movimientos filosóficos, políticos, económicos y culturales que más impacto han tenido en la historia de la humanidad, y con total vigencia en el inicio de este nuevo milenio.

En estos tiempos de incertidumbre y, en algunos casos, de inédita apropiación del término liberalismo, intentando colocarle adjetivos como “clásico”, “social”, “progre”, etc., algunos buscan desnaturalizar y confundir adrede a las sociedades con el objetivo final de la implantación de regímenes autoritarios al principio y finalmente totalitarios.

El sistema institucional de la libertad, representado por las democracias, con los conceptos inmanentes de multilateralismo, globalización e interdependencia, está hoy en peligro en todo el planeta. Teniendo en cuenta que el liberalismo no se negocia nunca, luchemos con todas nuestras fuerzas y convicciones para impedir que este andamiaje que tanto sacrificio costó a la humanidad sea destruido por doctrinas colectivistas, tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha, que solo conducen a la miseria moral y material, es decir, a la esclavitud más abyecta.

Legislador por la Ciudad de Buenos Aires

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